Después de leer la noticia de que la justicia brasileña impedirá a los usuarios de ese país acceder a YouTube por los problemas suscitados tras la aparición del video Daniela Cicarelli me surgen las siguientes dudas: ¿hasta qué punto la intimidad de las personas se ve afectada con la aparición y la eclosión de Internet? ¿cómo puede la tecnología cambiar la vida de todo el mundo?

 

Mi intención no es sentar cátedra ni fijar una posición sobre el tema, sino simplemente abrir un debate. Es increíble como en pocos años la vida de miles de seres humanos se ha visto transformada por la comunicación y los nuevos dispositivos tecnológicos. Todavía recuerdo cuando leí que bandas de adolescentes en toda Europa atacaban a mendigos, lo cual era filmado por sus celulares y subido a la red. Hoy todo el mundo quiere aparecer en Internet y tener lo último en tecnología, sin importar el costo ni los derechos ajenos.

 

Entiendo que existen límites cuando se trata del honor y del buen nombre de las personas, lo que parece no interesarle a nadie.  Somos como un caníbal enorme, que se alimenta de si mismo y que está formado por millones de personas conectadas entre sí.  El ejemplo más triste lo vimos estos días por televisión cuando se emitieron las imágenes de la ejecución de Saddam, hecho que imitaron dos chicos en los Estados Unidos y en Pakistán.

 

Cualquier ser humano, incluso un dictador como Saddam, tiene derecho a morir con dignidad. La transmisión de su muerte, al igual que los espectáculos del circo romano, despiertan lo más bajo de nuestra naturaleza: la fascinación y el morbo que sentimos frente al sufrimiento de otro ser humano.  

 

Si bien puedo ostentar “una mente cerrada”, pienso que el afán de vender o de querer figurar no debe primar sobre el respeto a las personas y a su intimidad. Hoy en día en que Internet y la televisión lo dominan todo, es bueno levantar una voz crítica y preguntarse qué precio pagaremos como género si seguimos maravillados e inmovilizados frente al dolor humano, la muerte o vulnerando la privacidad de otros.

 

Sin embargo otro cantar sería si fuéramos nosotros los afectados por esas circunstancias.


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