Una:

Entre tanto silencio vestido de buenos muchachos, el alma de mi voz aún dormida no encuentra el camino para regresar a casa. Y casa es una puerta, una espada. Y nadie se tumba para darle la mano, salvo Horacio y su mundo de payasos con sal.

 

 

Dos:

Entonces las guitarras, las del patio de atrás, se suben a mi espalda y entonan desafinadamente una cruda canción de cuna. Una canción terrorífica. Acaso te creías que sólo a los bebés les gustan las melodías suaves. A mi beba de seis meses le apetece más ver una película de miedo que escuchar el arroz con leche.

 

 

Tres:

Baila Anaconda sobre mi cabeza y una mano tipo perro muerto la estrangula. La víbora muere y yo me quedo sola con su piel verde y sus escamas. Algunos ratones todavía no han sido digeridos. Entonces recuerdo que también soy su hija. Y mientras me como una rata, vomito algún verso estrafalario en mi sombrero de paja último modelo. La poesía no es sinónimo de buenos modales, mi subconsciente tampoco.

 

 

Cuatro:

Me cansé de escribir pavadas. Saquen sus propias conclusiones.